A comienzos del mes de agosto, el New York Times contaba cómo algunos restaurantes de Nueva York habían comenzado a reducir sus porciones y menús para adaptarse al escaso apetito de un grupo muy concreto de población: la que consume Ozempic. Este medicamento inyectable se utiliza para tratar la diabetes tipo 2, pero gracias a su capacidad para disminuir el apetito, se ha acabado convirtiendo en el último “milagro adelgazante”. Su popularidad se d...

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ebe, en buena medida, a la promoción que han hecho del fármaco celebridades e influencers, pero también a grandes campañas publicitarias, como la que vimos en las marquesinas de varias ciudades españolas el pasado mes de junio y que generó una amplia controversia.

El Ozempic y otros medicamentos similares, conocidos como agonistas del GLP-1, imitan a una hormona que regula la glucosa en sangre induciendo el aumento de la secreción de insulina desde el páncreas. Esto provoca un vaciamiento gástrico más lento y una sensación de saciedad que reduce el apetito y, en consecuencia, puede llevar a la pérdida de peso. Quienes toman Ozempic comen menos porque se sienten llenos con menos cantidad de comida. Además de actuar en el metabolismo, estos fármacos también lo hacen en el sistema nervioso central, modificando la forma en que percibimos el deseo de ciertos alimentos, lo que lleva a muchas personas a afirmar que consiguen hacer desaparecer el ruido mental que les genera la comida.