Hay un puñado de fármacos que han revolucionado el abordaje de la obesidad: más conocidos por sus nombres comerciales —Ozempic, Wegovy, Monjuaro—, estos medicamentos imitan las hormonas que de forma natural generan la sensación de saciedad. En la práctica, esto se traduce en una bajada de peso corporal que puede alcanzar hasta el 15% o el 25%, según el tratamiento. Pero estos tratamientos no son inocuos y, ante el temor a un mal uso o abuso de estos fármacos, la comunidad científica está lanzando advertencias para que se consuman bajo prescripción médica y con un estricto control por parte de profesionales sanitarios.
En el Congreso de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia celebrado hace un mes en Las Palmas de Gran Canaria, la organización científica alertaba de que el uso de estos medicamentos “se está popularizando y, en cierta medida, banalizando, lo que podría acarrear riesgos para la salud”. Y recordaba que su indicación debía acompañarse de “dieta y ejercicio” para que sus efectos beneficiosos fueran duraderos.
En la misma línea, un artículo reciente de investigadores de la Universidad de Harvard (EE UU) publicado en la revista Jama Internal Medicine, proponía a los pacientes un plan para “maximizar beneficios”, centrado, sobre todo, en estrategias para mantener la masa muscular, vigilar el balance energético, evitar los efectos secundarios de la medicación y cubrir las necesidades de hidratación.






