¿El éxito de este medicamento responde a una sociedad más concienciada con la salud o más preocupada por la estética?
A finales de agosto, la tenista Serena Williams publicitó un nuevo fármaco para adelgazar. Su eslogan, en la voz de Williams, era el siguiente: “Dicen que el GLP-1 —un fármaco que imita a una hormona reguladora del azúcar en sangre, el apetito y que ralentiza la digestión— es un atajo para perder peso, pero no lo es. Es ciencia”. Curiosamente, el marido de Serena Williams es inversor y directivo de la compañía farmacéutica que lo produce.
Un gran número de actrices, cantantes, modelos e influencers han hablado sobre el uso del Ozempic —la versión comercial de GLP-1— para adelgazar. En la mayoría de los casos, la narrativa empleada ha sido la de mejorar la salud a través de la delgadez.
Se han difundido discursos que buscan dignificar su consumo. Sin embargo, ¿lo hacemos por salud? ¿Los intereses de una compañía farmacéutica responden a la promoción de hábitos saludables o a la mera generación de miedo alrededor de la gordura? Nos encontramos ante un fenómeno complejo donde confluyen intereses económicos, preocupaciones de salud y presión estética: el recurso a fármacos adelgazantes por parte de personas con analíticas normales que solo buscan perder unos kilos para ajustarse a un canon de delgadez.






