Vuelve el ‘reality’ donde confluyen la asfixia espiritual, la ansiedad femenina y los estragos físicos de la cultura del éxito en el tardocapitalismo

Yo también estoy enganchada a La vida secreta de las esposas mormonas. El reality de Hulu que ha destronado en visionados a las Kardashian, y que estrenó su cuarta temporada en Disney+ en España e...

ste jueves, es uno de mis refugios disociativos predilectos desde que se estrenó su primera temporada en 2024. Si soy yonqui de la vida de este grupo de madres influencers es porque combina dos de mis vicios favoritos: trata sobre la cultura mormona y se narra bajo los parámetros de la telerrealidad estadounidense —sí, también hay imperialismo en este formato: lo bordan—. Como esto no va de mis filias particulares, sino de un artefacto cultural en concreto, analicemos cómo esta serie documental sobre unas madres que supuestamente solo hacían coreografías desde casas tan aspiracionales como deprimentes se ha convertido en un fenómeno global imparable y por qué, por encima de todo, es la narración postelevisiva que mejor capta el horror gótico de nuestros tiempos.

La serie se centra en la vida de un grupo de madres de Utah que rozan la treintena y que forman parte o han formado parte de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Todas se casaron en su adolescencia, hay varias divorciadas y alguna tuvo su primer hijo a los 16 años. Las que siguen en la iglesia, cinco de ellas, ni beben alcohol ni fuman ni toman café, siguen acudiendo al templo y exhiben en su salón de casa inquietantes cuadros de distintas versiones de Jesucristo pasado por una inteligencia artificial, siempre fibrado y guapísimo. Todas son miembros, o lo han sido, de lo que ellas han apodado como #MomTok, un supuesto grupo emancipador y rupturista con las expectativas de género en el mormonismo; o así lo defienden aunque no se lo acaben de creer. En realidad, son socias para subir vídeos patrocinados por marcas para TikTok, plataforma para la que empezaron a crear contenido en 2020. Fotocopias de cuerpo, cara y melena, con un aspecto disciplinado, esculpido en los cánones que dictan las redes, al espectador le costará distinguir en los primeros capítulos a estas madres adictas a las bebidas azucaradas, los tonos beige, las extensiones de pelo y el botox. Para cuando se consigue distinguir a Demi de Jessi, una no podrá bajar la guardia por las múltiples transformaciones estéticas y por el abandono paulatino o temporal de algunas integrantes, ya sea por polémicas interesadas o mejores ofertas en otros programas de televisión.