La información sobre viviendas o ciudades que construye la literatura puede ayudar tanto a repensarlas como los tratados de arquitectura

Es difícil pensar en una novela, o en una película, sin la célula básica de la arquitectura: la casa. En el teatro es poco habitual que los dramas y las comedias no sucedan en hogares. Aunque, como están limitados los escenarios, ocurre porque sus grandes causantes —el dinero, el miedo y (es Navidad) el amor— se escapan a otros parajes.

También resulta complicado encontrar una novela en la que la ciudad —de llegada, de huida, de paso— no ocupe páginas. Sucede así por una sencilla razón: son los escenarios de la vida. Los lugares que nos colman de alegría y miseria suelen ser los mismos. Por eso se aprende mucho de arquitectura y diseño observando cómo nos comportamos en ellos. Y es para eso, para meter la cabeza en las vidas ajenas y aprender, sorprenderse, admirar o ser testigo de las vicisitudes de otros, para lo que abren una puerta las novelas.

El lenguaje es sabio. Una persona sin hogar se describe hoy como un “sin techo”. Incluso para quien no tiene casa, el cajero automático o el banco donde intenta dormir representan la idea de cobijo. De descanso. Lo contó a EL PAÍS el arquitecto indio Charles Correa: “En Mumbai defendí instalar bancos para que la gente pudiera dormir”. Es curioso que el techo, como símbolo de protección, se emplee también como marca del límite en la expresión “techo de cristal”. Esos dos opuestos —la virtud y el defecto— que conviven casi cualquier concepto están también presentes en los hogares. Todos sabemos cuánto pueden llegar a ser refugio o cárcel, castillo o escaparate, nuestra propia casa.