Virginia Woolf habló de la necesidad de tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas y Friedrich Nietzsche dijo que “la arquitectura (que podría ser sinónimo del espacio) es una especie de elocuencia del poder expresada en formas, elocuencia que unas veces persuade e incluso acaricia y otras se limita a dictar órdenes”. Últimamente, se tiende a decir que todo lo que nos pasa, que nuestra felicidad o infortunio, es producto de nuestra manera de ver el mundo y de relacionarnos con él. Teoría que tiene su parte de razón y que es muy conveniente para el que manda y establece las normas, porque lo exonera de toda responsabilidad. Sin embargo, el entorno, el ecosistema, también determina muchas cosas. La actual crisis de la vivienda en España, por ejemplo, además de los precios del alquiler por las nubes y los de compra también disparados, se ha convertido en un entorno hostil para desarrollar una vida sexual plena.

Karen tiene 28 años y vive en Palma (Mallorca); comparte piso de dos habitaciones con otra chica de su misma edad. Cada una paga 600 euros al mes, más facturas. Karen tiene novio desde hace un año y lo trae a dormir (que no a vivir) a casa unas tres veces por semana; pero a su antigua compañera de piso no le agradaba que hiciera esto. Si coincidían por la mañana en la cocina, preparándose o tomando el desayuno, ella evitaba el contacto y tenía que esperar a que se fueran. Se sentía incómoda, entre otras cosas porque tenía problemas para relacionarse y sufría de ansiedad. Conocedora de esta situación, Karen era muy comprensiva y hasta retrasaba las llegadas a casa con su pareja para no molestar a su compañera, pero la cosa no funcionó y ella se fue. Su nueva compañera es más accesible. Acordaron que se podían traer parejas a dormir a casa, pero un día le dijo a su vecina de cuarto que “hacía mucho ruido” y le pidió que tratara de evitarlo en el futuro. Karen empieza a sentirse observada, espiada y monitorizada en su vida sexual y eso no le gusta, ni a ella ni a su pareja.