Todos deberíamos ser capaces de rellenar un cuaderno con argumentos para convencernos del valor de la vida

La primera vez que el padre del escritor Gueorgui Gospodínov estuvo a punto de morir, le confesó a su hijo que, de todos modos, ya no tenía muchas ganas de seguir viviendo. Años después, comprendió que lo decía para consolarle, pero en aquel entonces, decidido a darle a su padre una lista de argumentos irre...

batibles para devolverle las ganas, escogió un cuaderno para anotar todo aquello por lo que merecía la pena seguir vivo.

Lo cuenta Gospodínov en uno de los mejores libros publicados este año, El jardinero y la muerte, editado en Impedimenta. El cuaderno acabó vacío. Su padre consiguió esquivar a la muerte y no hizo falta convencerlo de nada. Las ganas de vivir volvieron de inmediato en cuanto pudo salir del hospital y regresar a casa y a su jardín. Pero, durante un tiempo, mientras el padre se sometía a pruebas y a sesiones de quimioterapia, el hijo fantaseó con todo lo que escribiría allí.

¿Qué hace que la vida merezca la pena? Gospodínov tenía algunas cosas claras. Anotaría, en primer lugar, a la familia. A su madre, su hermano, sus sobrinos y a él mismo. También el cordero asado con hierbabuena, el plato estrella del Día de San Jorge, la festividad búlgara favorita de su padre. Y, como amaba tantísimo a su jardín, Gospodinov pensó en incluir en aquel listado un sinfín de acontecimientos botánicos: la floración de los tulipanes holandeses y las campanillas blancas, la de los cerezos, y la aparición de los primeros tomates en julio.