En su primera colaboración con ‘El País Semanal’, la neurocientífica y escritora Nazareth Castellanos hace un llamamiento a “alfabetizar en la higiene mental”

Corría el siglo IV antes de Cristo en aquella Grecia de sabios y de dioses, cuando Atenas se vio desolada por la peste. Hoy se cree que la causa fue una plaga de bacterias que llegó a matar hasta al mismísimo Pericles. El daño fue inmenso y posiblemente cambió el rumbo de la historia de la ciudad, ya que su debilitamiento favoreció su posterior invasión romana. ¡Qué importante es, al fin y al cabo, la ...

salud!

Tan valiosa que, siglos después de aquella peste, el oráculo de Delfos elevó a una discreta y olvidada señora a la categoría de diosa. Era Higía, la diosa de la salud. Su padre, Asclepio, dios de la medicina y la curación según la mitología griega e hijo de Apolo, fue educado por Quirón, quien le instruyó en las artes clínicas. Fruto de su amor con Epíone, que representa el alivio, nacieron cinco hijas, la mayor de ellas Higía. Es tal el legado de Asclepio en nuestra medicina que el juramento hipocrático al que se encomiendan los sanitarios lo incluye a él y a dos de sus hijas, Higía y Panacea. Sin embargo, el desarrollo de la medicina científica ha apostado más por Panacea, diosa de la curación, que por Higía, diosa de la salud. Hemos aprendido a curar más que a mantenernos sanos. El remedio frente a la higiene. Hemos preferido curar a prevenir. Pero las cosas están cambiando. Desde hace algunos años circula un nuevo término en la investigación biomédica: la salutogénesis. Es decir, estudiar el origen de la salud. ¿Podemos ayudar a las personas a avanzar hacia una mejor salud?, se preguntaba el doctor Antonovsky antes de acuñar el término. Tres décadas después de sus trabajos, la ciencia ha podido encarrilar una nueva visión de la medicina: la del estilo de vida o medicina preventiva.