Se publica una poesía reunida sin la que no puede entenderse la estética de la autora más confesional y, sin embargo, huidiza de la Edad de Plata
Siendo Rosa Chacel (1898-1994) la memorialista por excelencia del 27, cabría suponerle un cómodo asiento en la poesía lírica, donde el yo fluye con facilidad. Suposición vana: la vallisoletana arrastra el fardo de una inteligencia asombrosa, pero acantonada y huidiza, poco o nada templada por la empatía. En ella iban unidas la soberbia y su aversión al mundo (“Mi odio al género humano va en aumento”) e incluso a sí misma. Léase
ica-de-una-humillacion.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/babelia/2025-04-04/rosa-chacel-cronica-de-una-humillacion.html" data-link-track-dtm="">la magnífica biografía de Anna Caballé (Íntima Atlántida, Tusquets, 2025), que ofrece un desnudo integral de la escritora sin dejarse enredar en la maraña de sus escamoteos.
Toda su obra evidencia que el reino de su soberanía no fue el exilio, por el que no se sintió concernida, ni la política republicana o franquista, ni el erotismo, ni su antifeminismo militante —feminista a su pesar—, sino la relación con su esposo, el pintor Timoteo Pérez Rubio, Timo, figura crucial en la salvaguarda del patrimonio artístico durante la guerra. Sostenida económicamente por él buena parte de su vida, primero gracias a sus cuadros y luego a sus negocios de caolín en Brasil, Chacel vivió instalada entre la dependencia material y la altivez espiritual. A la peculiaridad de esta relación casi siempre a distancia, sexualmente extinguida desde los años treinta y marcada por las sucesivas historias sentimentales de Timo —sobre todo con Blanca, la hermana de Rosa dieciséis años menor que ella, y, durante décadas, con Léa Pentagna—, se debe el carácter de su obra, de un egocentrismo torturado y una prosa geométrica que privilegia la reflexión y, ayuna de borbotones pasionales, se regodea en la recreación de la infancia.







