En general, los artistas que triunfan aceptan la fama consiguiente. Pero hay una minoría que lleva muy mal esa situación y se rebela ante las intromisiones en su intimidad
Puede que sea una impresión subjetiva pero sí, tengo la sospecha de que, en el siglo XXI, el énfasis en la cobertura de la música pop ha pasado de la celebración del talento a la consagración del éxito como valor absoluto. No fue casualidad que Operación Triunfo comenzara en 2001, vendiendo como concurso de novísimos lo que en realidad era un mercado de esclavos, generador de una realidad paralela: incluso aquella chica lista llamada Chenoa, una perdedora de la primera edición, ha terminado formando parte de la galaxia televisiva.
Esa situación me ha hecho recordar la trayectoria de una artista en las antípodas de esos planteamientos. No se trata de una historia ejemplar (¡o tal vez sí!). Laura Nyro anticipó el modelo de cantautora confesional a lo Carole King, Joni Mitchell y Ricki Lee Jones. Fue pionera en el concepto del disco de versiones con Gonna Take a Miracle, producido por Kenny Gamble y Leon Huff, años antes de que Bowie y Elton John descubrieran las virtudes del Sonido de Filadelfia. Laura lo tuvo todo, incluyendo poderosos padrinos como David Geffen, que consiguió que la CBS de Clive Davis comprara el contrato que la ataba al sello Verve.






