El presidente de Estados Unidos ofrece una intervención apocalíptica desde la Casa Blanca llena de mentiras y de ataques a la herencia recibida

Donald Trump escogió este miércoles por la noche (hora de Washington) un formato reservado a las grandes ocasiones, el del discurso televisado a la nación, para una de sus actividades favoritas: celebrarse a sí mismo a base de mentiras, medias verdades y exageraciones en un esfuerzo por tomar el control del relato de la marcha de la economía, que le ha provocado la peor crisis de popularidad desde su regreso al poder el pasado mes de enero.

Habló con gesto crispado e impaciente durante 18 minutos, en los que a ratos pareció que estaba gritando a sus compatriotas desde la sala destinada en la Casa Blanca a las recepciones diplomáticas. La idea era despedir el primer año de su segunda presidencia con un balance de lo logrado. El resultado sonó a nerviosa e impotente justificación de sus fracasos en materia económica, un año después de que los estadounidenses lo escogieran para mitigar los peajes del coste de la vida.

“Hace 11 meses, heredé un desastre”, dijo al principio de su discurso en el que insistió una y otra vez en echar la culpa a su predecesor, Joe Biden, así como en algunos de los fetiches bien conocidos de su retórica: del ataque a las personas trans y el argumentario racista y xenófobo a la supuesta invasión de los peores criminales, liberados de “cárceles y sanatorios mentales” y enviados a Estados Unidos por países enemigos.