El carácter de sus gentes ayuda, todo es fácil a la hora de visitar Albacete. De sus campos y ovejas salió el mejor queso del mundo, el ferrocarril trajo arquitectura modernista y ecléctica y su estratégico parador reparte juego por toda la provincia

—¿A que nunca habéis estado en Albacete?

El guía Francisco Tébar se frota las manos. Todo va a ser nuevo para el visitante, también el trato, el turista es amigo. Adelante, dicen los albaceteños, siempre es un sí, sin darse importancia, las puertas están abiertas, todo resulta fácil. Una trabajadora del museo de la Cuchillería improvisa una visita guiada. Un vendedor de una tienda ubicada en el modernista pasaje de Lodares, el recurso estrella, dirían en una facultad de Turismo, se asoma a saludar cuando oye la explicación en tromba de Tébar: es una galería comercial y residencial. Una trabajadora de la Diputación permite fotografiar la escalera de tipo imperial del palacio provincial de Albacete (1880) a pesar de ser una zona sin acceso al público. La recepcionista del parador, una quinta manchega ubicada a las afueras, enciende la chimenea para crear hogar a la caída de la tarde. Un camarero ofrece, sin nadie pedírselo, una botella de agua para el viaje. Era la primera vez en Albacete, tenía razón el guía, pero van a venir más y van a venir otros.