Entre los cineastas españoles rompedores, destacan Ion de Sosa, Chema García Ibarra, Julián Génisson y los Burnin’ Percebes. Todos ellos se han juntado en una película cercana al desastre
Cada cinematografía y cada época tienen sus propios perros verdes artísticos, y en la España contemporánea, por suerte, hay unos cuantos. Son directores que no se pliegan a las convenciones del mercado, de la comercialidad, de la exhibición, de las interpretaciones, del relato en sí mismo y hasta de ciertos festivales. Funcionan al margen y, conscientemente, juegan a ello sintiéndose cómodos en su condición de outsiders. En nuestro país, entre otros, habría que apuntar los nombres de Ion de Sosa, Chema García Ibarra, Julián Génisson y los Burnin’ Percebes. Lo increíble es que en Balearic se han juntado todos ellos. Una esquinada conjunción de miradas, sensibilidades, provocaciones y estilos que, sin embargo, acaba cerca del desastre. La película es inaguantable.
Experimental es lo mejor que se puede decir de Balearic. Y cierto que lo es. Porque el término vanguardista le viene grande, y tampoco está claro que pretenda serlo. La idea es romper con todos los códigos, y eso es magnífico y valiente, aunque la intención nunca llega a nada: ni en lo artístico ni en lo alborotador. Balearic podría (de hecho, debería) ser una película rabiosa y pendenciera. Sin embargo, solo es inane. Contar de qué va es imposible y además sería un insulto, pero digamos que en su primera parte juega con las reglas del terror juvenil para transgredirlas. Y en la segunda se supone que hay una reflexión sobre los conflictos de clase y la crisis de identidad generacionales. Siempre a través de un esteticismo lánguido y líquido —el agua funciona como elemento central en ambas historias—, acompañado de una música electrónica y envolvente que rodea unos diálogos de vergüenza ajena.






