No volvería a ver la serie, ni se la recomendaría a nadie por quien no sienta especial inquina, pero valoro la existencia de productos que desafían la fría lógica del algoritmo

No tenía previsto ver Silencio, pero una combinación de gripe y mando a distancia extraviado hicieron desfilar ante mis afiebrados ojos sus tres capítulos. Dirán que no opuse mucha resistencia, pero cuando tuve fuerzas para desfacer el entuerto, ya había terminado. “Se ve superrápido”,...

leí en las redes sociales de Movistar Plus+, y que la promoción tire de argumentos similares a los que utiliza mi dentista para tranquilizarme antes de una endodoncia, ya me pareció mala cosa.

También leí que es provocadora. Y no lo es, pero es que a estas alturas está complicado transgredir. Es difícil después de que John Waters pusiese a Divine a comer caca de perro en Pink Flamingos —para asegurarse de que no era tóxica, llamaron antes a un médico, la seguridad ante todo—, o de Holocausto Caníbal y Salò o los 120 días de Sodoma. Tras tres partes de El ciempiés humano, la viralidad de 2 Girls 1 Cup y de que ya hace más de un cuarto de siglo una madame visitase Esta noche cruzamos el Mississippi, el programa más visto de la televisión, con un túper de heces que reservaba para sus mejores clientes, expresiones como “deberías probar la coprofagia, es divertidísima” escandalizarán a los mismos que piden las sales por ver un par de tetas. Estamos muy resabiados ya.