La Navidad vuelve a colocar a las familias ante el reto de acompañar los deseos de sus hijos sin caer en los estereotipos. Respetar sus gustos fomenta su autoestima e inculca valores, y no se reprime la personalidad del menor por miedo a la desaprobación parental

¿Qué haces si tu hijo quiere la cocinita rosa y tu hija sueña con una pista de coches y un balón? En teoría, la respuesta parece fácil: dejarles elegir. En la práctica, muchos adultos se frenan. “En pleno 2025, con la igualdad en boca de todos, hay madres y padres que siguen atrapados entre el deseo de ver felices a sus hijos y el miedo a alimentar una educación en rosa y azul”, advierte la psicóloga y psicopedagoga Laura Cerdán. Una tensión que se hace especialmente visible en Navidad. En estas ...

fechas se repite el ritual: catálogos llenos de brillo, anuncios con niños que saltan frente al árbol, cartas a Papá Noel y a los Reyes Magos escritas a toda prisa. “En muchas casas la escena se parece bastante: ellas señalan muñecas que hablan, lloran y tienen hambre, cocinas diminutas o maletines de maquillaje con purpurina; ellos, en cambio, se quedan embobados ante coches teledirigidos, construcciones, espadas láser o videojuegos de acción”, describe Cerdán. Mientras los pequeños eligen sin pensar demasiado, los adultos se hacen preguntas incómodas: ¿es tan grave regalar una plancha de juguete? ¿Estoy fomentando clichés si a mi hijo le vuelve loco el camión de bomberos? ¿Hay que corregirles?