Mi madre me dejó hace dos años y llevo conmigo en el centro del alma aquellos momentos gratos en los que compartimos la mirada hacia aquella caja listísima, esa que conseguía acariciarla, esa que la conmovió…
Yo solía ir a comer casi a diario a casa de mi madre, a mesa puesta, claro, cuando ella aún podía hacerme la comida, y después veíamos juntas un capítulo de Amar es para siempre, primero y Amar en tiempos revueltos, después. Le encantaba, nos encantaba. Le conté un día lo que eran las tramas troncales (
levision/2024-03-07/amar-a-los-gomez-sanabria-es-para-siempre.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/television/2024-03-07/amar-a-los-gomez-sanabria-es-para-siempre.html" data-link-track-dtm="">Manolita, Pelayo, Marce, el Asturiano) y por qué cada temporada introducían nuevos personajes. Semanas después oí desde la cocina cómo se lo estaba explicando a mi hija Carlota, toda ufana ella, mientras veían un capítulo juntas.
A veces, con sorna, protestaba por el excesivo tiempo que tardaban los guionistas en resolver un conflicto en una serie, que ella habría solucionado en un parpadeo, o por la banalidad del conflicto mismo. Pero si un día mi hermano, por ejemplo, exponía esa misma queja, ella la zanjaba, convencida:






