Mi madre siempre quería que pasase mi cumpleaños con ella y, harta de mis excusas para evitarlo, decidió morirse justo ese día. Era capaz de cualquier cosa para salirse con la suya. Yo siempre alegaba que era mi fecha y ella me recordaba las horas de dolor de parto en una asfixiante tarde de verano. A ver cómo se replica eso.
Este año, por primera vez, no me despertó cantando Cumpleaños feliz; el teléfono sonó, pero para informarme de que había sufrido una crisis y habían procedido a iniciar la sedación, aunque lo que viví las horas siguientes tenía poco que ver con la seda. Al final consiguió que pasásemos todo el día juntas; hacía tiempo que no lo hacíamos y menos en silencio, y mucho menos sin que hubiese una pantalla frente a nosotras. Decía Saint-Exupéry que amar es mirar juntos en la misma dirección y esa dirección para nosotras siempre había sido una televisión, el cordón umbilical que nos siguió uniendo toda la vida.
Cuando su enfermedad avanzó y fue necesaria una residencia, yo quería hacerme un Koldo y llenar su cuarto de dispositivos de grabación, no fuese que un día la viese de fondo en un reportaje de Sonsoles sobre residencias de los horrores. A ella sólo le preocupaba que hubiese tele en la habitación. Para su fastidio solo había TDT y tuvo que renunciar a su adorada Calle 13, a AXN, a Star y a sus bucles de procedimentales policíacos, esos proveedores de felicidad que llegaban donde no lo hacían ya las benzodiacepinas. El día que fui a verla y la tele estaba apagada supe que había un problema grave, dijesen lo que dijesen los TAC o las analíticas.






