No sé muy bien cómo lo hizo, si llevaba tiempo preparándose o ensayando. Si es una cosa que uno sabe de pequeño, si lo vio en las películas, si se lo enseñó su padre. No lo sé. Hablaba muy poco de su padre. Esa última mañana tembló fuerte de frío y mis hermanas supieron que el cuerpo no podía más. Me subí al coche y el atasco de la M-30 convirtió un viaje de 20 minutos en uno de 45. Pensé en por qué no había cogido el metro para ir a ver morir a mi padre. Por qué no cogí el metro para ir a ver morir a mi padre. Supongo que porque una siente que el tiempo es propio cuando parece que lo maneja, aunque jamás sea así del todo. Hice lo único que se puede hacer en estos casos: me hice católica durante 45 minutos y le pedí que me esperara.
Un día antes habíamos hablado de su nudo en el pecho. Y del mío. Me preguntó si estaba teniendo ansiedad porque mi padre se estaba muriendo. Así. En tercera persona. Como si no fuera con él la cosa. Le dije que sí, que era por eso y que no podía apagar la cabeza igual que él tampoco estaba pudiendo apagar la suya. En los últimos siete años y, sobre todo, desde el octubre pasado, mi padre y yo hablamos mucho sobre la enfermedad y la muerte. En el móvil se me apachurran grabaciones suyas con sonidos del metro, de la calle, de cosas que me hacen gracia. “Papá quiere curarse” (24 de octubre), “papá sobre la muerte” (17 de mayo), “papá no puede más” (24 de mayo).






