No sé cómo se aprende a despedirse de un padre. No sé cuándo uno acepta que ya no volverá a ver un mensaje suyo preguntándote qué tal ha ido el día, si has cenado bien, si estás contenta con el trabajo, si te cuidas. No me sale dejar de mirar su WhatsApp. No quiero borrar esa ventana. Como si eso pudiera detener el tiempo o una enfermedad incurable. Ha llegado su silencio definitivo, y tendré que aprender a vivir con el eco de su voz. De su risa. De sus frases cortas pero precisas. De todo lo que fue y sigue siendo, aunque no esté. Esta carta no es solo para él. Es para todos los padres y todos los hijos. Para todas las personas que ahora mismo están despidiéndose, o acompañando, o resistiéndose a aceptar lo que viene. En hospitales, en casas, en sofás donde se duerme a ratos, hay un padre que fue gigante y refugio, que fue pregunta y respuesta. Y hay una hija o un hijo que no quiere decir adiós. A los que estén pasando por algo parecido: ahora sé que no hay guion para esto. Gracias por todo, papá. Una hija que aún no quiere despedirse y que tiene miedo a llorar.

Judith López Rueda. Sevilla

Dicen que estamos en un siglo XXI de progreso. Discrepo. Cada vez más gente aboga por volver a un pasado sin libertad en el que los derechos eran vulnerados y no podías ser tú mismo. Por eso, partidos como Vox ganan terreno, mientras las personas volvemos a ser ganado. Un siglo XXI en el que no me puedo dar la mano con mi pareja en la calle o un beso sin que alguien nos mire mal. O nos insulte diciendo “bolleras de mierda”. Un siglo XXI en el que hay que esconderse para poder respirar tranquilo. Si Franco levantará la cabeza, estaría orgulloso de ver cómo involucionamos.