Es enternecedor asistir al intento desesperado de la derecha por distinguirse de la ultraderecha
Ya sabemos que entre la corrupción de los políticos de derechas y la corrupción de los políticos de la izquierda puede haber diferencias, pero la desoladora sensación que transmiten es la misma. Luego está nuestra incapacidad para ver como igualmente corruptos a los empresarios y oportunistas que especulan en la crisis sanitaria, que ordeñan el plan de infraestructuras y tejen redes extractivas. Así que pueden ahorrarnos las riñas de unos a otros. Parecidos tienen. Después de jugar incansablemente al juego de las cinco diferencias, la derecha y la ultraderecha española han llegado a la conclusión de que se distinguen por una sola cosa. Unos están en contra de toda la inmigración y los otros están tan sólo en contra de aquella inmigración que no venga de la América hispana. Lo más risible de esta esforzada diferenciación es que incluso llegan a explicarla y a tratar de razonarla. Repiten sus discursos cargados de islamofobia, pero olvidan que las razones por las que el extremismo islámico es rechazable son las mismas razones por las que cualquier persona podría rechazar el evangelismo extremo o el catolicismo integrista: por su desprecio rotundo a la mujer, por su amenaza a los derechos constitucionales y el desafío a las libertades íntimas de cada persona.






