Los jóvenes buscan abrirse paso en un contexto ‘postapartheid’ marcado por altísimo paro, inequidad social y violencia
A Ayathandwa Ziqula le brilla la mirada cuando, sentado en un banco del campus Braamfontein de la Universidad del Witwatersrand de Johannesburgo, cuenta que es el primer alumno de la escuela pública secundaria en la que estudió en haber accedido a la prestigiosa institución universitaria, conocida como Wits. En ese brillo, en su contenido orgullo, vibra algo mucho más grande que este chico de 19 años. Reverbera ahí una victoria histórica sobre un pasado oscuro de colonialismo y apartheid; la esperanza de futuro de un país, de todo un continente. El sueño de brindar oportunidades y explotar el potencial del inmenso caladero de jóvenes en Sudáfrica, y en África....
“Si alguien como yo, de clase baja, consigue estudiar ciencias computacionales en la segunda mejor universidad del país, algo se está haciendo bien. No obstante, está claro que hay fallos”, dice Ziqula, rodeado de un grupo de colegas de entre 18 y 21 años. Todos ellos se inscriben dentro de la llamada generación Z, los nacidos entre mediados de la década de los noventa y 2010. La conversación se desarrolla en un inestable día de primavera austral, que alterna chaparrones violentos e instantes resplandecientes como si fuera el retrato atmosférico de esperanzas y temores del país y del continente.






