Sin mecanismos de contención ni tolerancia mutua, las instituciones acaban siendo vistas como una pieza más de la reyerta política
Habrá que leer la sentencia sobre el exfiscal general Álvaro García Ortiz para tener una opinión sólida sobre su condena, pero mientras tanto toca reflexionar sobre algunos excesos políticos cometidos estos días, que deslizan a España por la peligrosa ladera del revanchismo. Como recuerdan Levitsky y Ziblatt en su célebre libro (Cómo mueren las democracias, Ariel), la democracia también muere cuando no existen mecanismos de contención ni tolerancia mutua, tal que las instituciones acaban siendo vistas como una pieza más de la reyerta política entre supuestos bandos.
La decisión del Tribunal Supremo podrá parecer bien o mal, pero hay quien no ha tardado en promocionar un peligroso relato iliberal a modo de protesta, sacando rédito del malestar: varios socios de Pedro Sánchez exigen ahora que se reforme la Ley Orgánica del Poder Judicial con la mayoría progresista y plurinacional. Es decir, que sea la mitad de nuestro país quien elija al gobierno de los jueces —y que se fastidie la derecha, seguramente deben pensar—. Lo que quizás ERC o Podemos olvidan es que el Partido Popular y Vox también llegarán alguna vez al poder, y entonces no les hará ninguna gracia —y con razón— que la izquierda no tenga voz ni voto en la configuración de los órganos constitucionales. Cuando se lamina la pluralidad, el revanchismo acaba siendo un camino de doble sentido, siempre.







