Un cóctel posterior a una ceremonia marcada por la ausencia de nuevos restaurantes con tres distinciones

Tras los nervios previos, la emoción de quienes lograron enfundarse la chaquetilla blanca de la Guía Michelin y una gala que se alargó más de dos horas y media —con un Jesús Vázquez poco inspirado y las acrobacias líricas del cuadro escénico de Sohrlin, el espacio malagueño dirigido por el empresario Domingo Merlín y el polifacético actor Antonio Banderas—, llegó al fin lo que todos los invitados esperaban: la cena. Pero que nadie imagine un banquete al uso, sino un cóctel de pie con varios puestos de comida donde cada uno se sirve a su antojo. Lo mismo ocurre con las bebidas. Es el momento de saludar, de abrazarse otra vez, de hacerse selfis y de intercambiar impresiones sobre una ceremonia marcada este año por el tema de la noche: la ausencia de nuevas tres estrellas en el firmamento Michelin, pese a las 30 nuevas distinciones rojas —25 con una y cinco con dos— y las cinco verdes concedidas.

Había alguna cara larga, pero era momento de disfrutar y probar lo que habían preparado con esmero los cocineros malagueños. Benito Gómez, de Bardal (Ronda, dos estrellas), y Mario Cachinero, de Skina (Marbella, dos estrellas), con la participación del propietario de este último, Marcos Granda, fueron los encargados de coordinar la velada. Gómez elaboró dos platos: una ostra en manteca colorá y un calamar frío en amarillo. Cachinero ofreció un gazpachuelo a lo pobre con sepionet y patatas, y un postre de chocolate y banana.