La prima de riesgo hace equilibrios sobre los 77 puntos a la espera de unos presupuestos que no llegan, un año después de marcar el récord desde la existencia del euro

A punto de cumplirse un año de la moción de censura que costó el puesto de primer ministro a Michel Barnier Francia sigue atrapada en un laberinto. La fragmentación parlamentaria hace casi imposible elaborar unas cuentas públicas que encarrilen un déficit que supera el 6% —el doble de lo permitido por las normas europeas— y que, en ausencia de reformas, aboca al país a un endeudamiento creciente. Después de Barnier, derribado por una moción de censura en la Asamblea Nacional, han pasado dos primeros ministros (François Bayrou, hasta septiembre, y Sébastien Lecornu), y tres gobiernos (Lecornu ha repetido), y el problema sigue siendo el mismo: la falta de apoyos para la aprobación de un presupuesto. La prima de riesgo está ahora más abajo que hace 12 meses, pero Francia ha sufrido por el camino varias bajadas de rating, y la paciencia de los inversores no es infinita.

Como hace un año, el ejecutivo trabaja contrarreloj para diseñar unas cuentas que devuelvan la estabilidad y calmen a los mercados. La suspensión de la controvertida reforma de las pensiones (un mal menor a ojos de los inversores) le permitió ganar algo de tiempo para encajar el puzzle, pero no la victoria. Lecornu ha declinado usar el artículo constitucional que le permite aprobar un texto sin pasar por el Parlamento (el 49.3), lo que le blinda de una moción de censura y le permite negociar, a costa de complicar al proceso. Así, la Asamblea Nacional tumbó el sábado un plan presupuestario que contenía docenas de enmiendas de todos los grupos, lo que derivó en un rechazo casi unánime.