Los países más dependientes del petróleo, el gas y el carbón deberían ser los primeros en querer una transición justa de la que no salgan perdiendo

Un golpe seco se oye cada poco en la plaza de la República de Belém (Brasil), la ciudad en la desembocadura del Amazonas en la que se ha celebrado la cumbre del clima de este año. Tras el golpe, cualquier paseante se acerca tranquilo, se agacha, coge del suelo un fruto anaranjado, lo huele y se lo ...

guarda para comérselo luego. Son mangas, muy parecidas al mango, y caen del cielo.

En esa misma plaza repleta de mangueiras se levanta majestuoso el Teatro de la Paz. Recuerda mucho al Teatro Amazonas, ubicado aguas arriba en la también brasileña ciudad de Manaos. Ambos son de la misma época, se construyeron durante la Fiebre del Caucho de finales del XIX y principios del XX que trajo dinero a paladas gracias a las exportaciones de esa resina.

La Amazonia tenía el monopolio de ese látex, ya que solo aquí estaba la variedad de árboles de la que se extrae. Pero la falta de visión empresarial y gubernamental para emplear todos esos ingresos y diversificar su desarrollo hizo que aquel esplendor quedase en nada. Primero, cuando las semillas de aquellos milagrosos árboles se plantaron en otras zonas tropicales del Pacífico y el Índico, y luego cuando apareció una alternativa más competitiva: el plástico sintético. De aquella época queda un reguero de bonitos y abandonados edificios con fachadas de azulejos en la zona de las Docas de Belém, al pie del Amazonas.