Para demasiados jóvenes, el dictador es una mezcla de meme, mito y estrella pop. Ni profesores ni políticos ni padres hemos estado a la altura
El 20 de noviembre de 1975, hace hoy medio siglo, también fue jueves. Lo sé porque lo he buscado en Google. Podría marcarme un sentido relato autobiográfico cruzando datos personales e históricos y quedarme tan ancha.
-track-dtm="">Ya lo hice en estas mismas páginas. Pero, quitando la cara de euforia de mi padre y la de espanto de mi madre, los tres días de fiesta que nos dieron en el cole, y el tostonazo de la tele emitiendo en bucle imágenes del duelo, mis recuerdos de ese día se reducen a los destellos que retuvo la niña sabionda y preguntona que era la que firma a los nueve años, y a lo que después fui sonsacándoles a los mayores. Lo que sí recuerdo, como si fuera hoy mismo, es la primera vez que escuché el “ay, si Franco levantara la cabeza”, que luego oiría tantas veces ante cualquier cosa que se saliera de la férrea represión de la dictadura. Fue de boca de las comadres de mi bloque cuando Gertrudis, la guapísima morenaza del cuarto, y otro vecino cuyo nombre no recuerdo, porque para eso era hombre y las cotillas no lo crucificaron, dejaron a sus respectivos hijos con sus respectivos cónyuges y se fugaron juntos a vivir su amor clandestino años antes de que se aprobara la ley del divorcio. Así que no, yo no sufrí personalmente el franquismo, pero tengo memoria, curiosidad y no olvido.














