Los sistemas agroalimentarios solo captan un 4,3% de la financiación climática global, y los pequeños productores apenas un 0,3%
La COP30 se ha convertido en un punto de inflexión histórico. Por primera vez en una cumbre climática, la transición justa ocupa el centro de la agenda y se reconoce que no habrá transición climática efectiva sin transformar los sistemas agroalimentarios. La adopción de la Declaración de Líderes de Belém sobre el Hambre, la Pobreza y la Acción Climática Centrada en las Personas, que sitúa el derecho humano a la alimentación como principio rector y reconoce el papel esencial de los productores familiares y a pequeña escala, es un hito sin precedentes.
Aunque la seguridad alimentaria figura como prioridad en el Acuerdo de París, la agricultura y la alimentación han permanecido durante años en la periferia de las negociaciones climáticas. Un contrasentido: la agricultura es uno de los sectores más golpeados por el calentamiento global y, a la vez, uno de los que más soluciones puede aportar en mitigación, adaptación y restauración ambiental.
Brasil, país anfitrión de esta COP en Belém, a las puertas de la Amazonía, preside la cumbre desde una experiencia que demuestra lo que ocurre cuando la agricultura familiar, la protección social y la conservación ambiental se integran en una misma visión de desarrollo. En un país con casi cinco millones de explotaciones familiares, que emplean a más de 10,1 millones de personas, y que logró sacar a Brasil del mapa mundial del hambre y reducir la pobreza extrema en un 63% entre 2004 y 2014, su presidencia ha situado la seguridad alimentaria, la agricultura sostenible y la transición justa en el corazón de la agenda climática global. Políticas como Hambre Cero, programas como Bolsa Familia, las compras públicas a pequeños productores o los avances en la reducción de la deforestación mostraron que el desarrollo rural inclusivo y la sostenibilidad pueden reforzarse mutuamente.







