Un estudio de la ONU en la COP30 apunta a que las emisiones de este potente gas de efecto invernadero caerán un 8% en 2030, todavía lejos del 30% comprometido por los países

El dióxido de carbono (CO₂) que expulsa el ser humano fundamentalmente debido a la quema de los combustibles fósiles es el principal responsable del calentamiento global que está golpeando al planeta en forma de eventos extremos cada vez más intensos y, en algunos casos, también más frecuentes. Pero hay otro gas, el metano (CH₄), que también tiene un papel clave en esta crisis climática y que cada vez cobra más protagonismo al abrirse una vía para intentar esquivar el aumento más catastrófico de las temperaturas.

Este gas es responsable de alrededor de un cuarto del calentamiento global actual, que ronda los 1,2 grados Celsius respecto a los niveles preindustriales. Es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂, pero se descompone mucho antes. Mientras el dióxido de carbono permanece centenares de años en la atmósfera —con lo que las emisiones de hoy son una hipoteca de calentamiento para varias generaciones—, el metano se degrada en alrededor de una década. Eso implica que sus recortes, de ser drásticos, tendrían un efecto mucho más rápido en el cambio climático y pueden servir para que no se crucen determinadas barreras que llevan a superar algunos peligrosos puntos de inflexión que empeorarán más esta crisis.