En los edificios del centro de las ciudades conviven fondos de inversión, plataformas de alquiler turístico e inversores extranjeros, que es como se les llama a los inmigrantes cuando tienen dinero
En los bloques de pisos de mi infancia todo el mundo se parecía bastante. En el de mi tita Toñi, que era de protección oficial, había matrimonios que trabajaban en negro, él en el campo y ella fregando escaleras, familias cuyo supermercado era Cáritas e inmigrantes recién llegados a una España que, según nos decía Aznar, iba bien. En el de Sofía, una compañera del colegio cuyos padres eran médicos, había una consulta de dentista y varios pisos de familias que, como la suya, iban a la ópera entre ...
semana, algo que para mí los igualaba a la realeza. Cuando mis padres carteros se separaron, ambos se fueron a vivir a pisos de gente cuyo poder adquisitivo era muy similar al suyo, que se redujo mucho entonces: sobre el divorcio hay muchas cosas que casi nadie dice, y una de ellas es que es un privilegio de clase.
Se separaron el mismo año que se estrenó Aquí no hay quien viva, 2003. La comunidad de Desengaño, 21 era también bastante homogénea, al menos al principio. Estaba en el centro de Madrid y en ella había una pareja de hermanas que habían heredado un piso, una familia que pagaba con esfuerzo la letra cada mes, una pareja gay, una jubilada a la que se le había remetido el hijo cuarentón en casa tras el divorcio y dos jovencitas que le alquilaban su segunda vivienda, además del portero y el dependiente del videoclub.






