Las universidades invitan a su profesorado asociado a participar en las evaluaciones docentes, bajo la promesa de mejorar la calidad. Evaluar, sí; retribuir, no.
En la universidad pública española no se hace lo que se puede, sino lo que se permite. No es el saber ni la capacidad lo que marca el límite, sino la posición que ocupas. La institución ha logrado convertir la jerarquía administrativa en destino intelectual. Las piedras que caen sobre unos pocos no son fruto del azar: las lanzan quienes ocupan los tejados.
Durante años, al profesorado asociado se le ha repetido hasta el cansancio que no puede investigar, que no puede participar en proyectos competitivos, que no puede aspirar a cobrar sexenios de investigación. Ni de transferencia, cuando son las figuras que la representan como enlace sociedad-universidad. Pero, sobre todo, que cobra menos porque “solo da clase”. Solo. Un solo que se ha usado como frontera salarial y simbólica. Pero cuando se trata de reconocer y cobrar los méritos docentes —los quinquenios—, ese “solo” se vuelve una negación. Las universidades invitan a su profesorado asociado a participar en las evaluaciones docentes, bajo la promesa de mejorar la calidad. Evaluar, sí; retribuir, no.






