Las facultades combinan pruebas tradicionales con proyectos y evaluación continua en un debate abierto sobre cómo medir el aprendizaje real
No hay exámenes. Tampoco apuntes ni clases al uso. Son las nueve de la mañana y en una sala de trabajo de TeamLabs, en Madrid, un grupo de veinteañeros discute sobre presupuestos, clientes y plazos de entrega. Uno revisa una hoja de cálculo; otra prepara una presentación para una empresa con la que llevan semanas trabajando. Al fondo, alguien plantea una duda: no sobre un temario, sino sobre cómo justificar una decisión de negocio que puede salir mal.
“Venimos de un sistema muy pasivo, donde te dicen lo que tienes que estudiar y lo repites en un examen. Aquí ocurre justo lo contrario: tienes que responsabilizarte de lo que haces, de lo que aprendes y de cómo lo demuestras”, explica Siham Bennani, directora del grado en Liderazgo Emprendedor e Innovación (LEINN) de la Universidad de Mondragón, impulsado a través de TeamLabs.
En ese grado, los estudiantes crean una empresa real desde el primer curso. Trabajan con clientes, facturan y se organizan en equipos que toman decisiones propias. La evaluación no pasa por una prueba final, sino por un seguimiento continuo del proceso en el que se valoran las decisiones que toman y cómo las justifican, los resultados que obtienen y cómo evolucionan. “Evaluamos el aprendizaje en acción. No se trata de memorizar contenidos, sino de demostrar que sabes aplicar conceptos, trabajar en equipo, liderar, equivocarte y volver a intentarlo”, añade Bennani.






