El margen para cumplir los objetivos del Acuerdo de París se estrecha y, sin embargo, aún estamos a tiempo. Hay fórmulas colectivas que funcionan, que han conseguido reducir toneladas de CO2 y que salvan vidas
Imaginen que 22,4 millones de coches desaparecen de las carreteras durante un año. Uno tras otro, evaporados del asfalto, sin dejar ni rastro. Es el equivalente a 96 millones de toneladas de dióxido de carbono menos en la atmósfera. En un planeta que se asfixia, tales cifras podrían parecer un ejercicio de ciencia ficción o de ingenuo optimismo, pero no lo son. En realidad, son el resultado concreto de algo que, a pesar de su potencial, pasa desapercibido: el enorme poder del hacer colectivo. Cuando los gobiernos se sientan a la mesa, el sector privado se compromete, las comunidades participan y los organismos internacionales acompañan, se logran resultados.
Estas cifras son reales y se han alcanzado gracias al trabajo realizado por el Fondo Verde para el Clima, la mayor iniciativa multilateral para financiar en países en desarrollo la reducción de emisiones y la adaptación al cambio climático. Este mecanismo, creado por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), está cumpliendo diez años, un tiempo en el que ha mejorado la vida de casi 250 millones de personas (unas cinco veces la población de España). Son mucho más que números: son escuelas que no se inundan, campos que vuelven a dar fruto, familias que no tienen que abandonar su tierra o mujeres que lideran sus comunidades.






