Las entidades reducen los cambios para ahorrar costes y simplificar trámites, lo que obliga a muchos hipotecados a asumir más gastos si quieren mejorar las condiciones de su préstamo al cambiar de banco
Quien tiene una hipoteca probablemente haya visitado —física o virtualmente— otros bancos para comprobar si cambiando de entidad puede conseguir un tipo de interés más bajo que el que paga actualmente. El proceso es habitual y lleva años practicándose: al banco le interesa captar a un nuevo cliente con un crédito que le vinculará durante décadas, y el hipotecado puede ahorrarse un buen dinero en intereses.
Tradicionalmente, este cambio se realiza mediante la subrogación, un mecanismo que permite trasladar una hipoteca de un banco a otro. Pero en los últimos meses las entidades financieras están limitando esta vía. La estrategia preferida por la banca consiste en que el cliente cancele su hipoteca actual y firme una nueva con la entidad que le ofrece mejores condiciones. Para el banco supone reducir costes; para el cliente, asumir más gastos.
Con la subrogación, el banco receptor asume la mayor parte de los costes de formalización. En cambio, al abrir una hipoteca nueva, el cliente debe afrontar algunos gastos adicionales, como la tasación de la vivienda o la cancelación registral de su antiguo préstamo. Además, el contrato puede incluir una comisión por cancelación anticipada, si bien está limitada por ley. La consecuencia práctica es que muchos hipotecados se están viendo empujados a cancelar su hipoteca y solicitar una nueva para obtener un mejor tipo de interés.








