“Llevamos el Estado a las zonas más remotas del país”, dice uno de los hombres del desierto, empeñados en contener la violencia que se ha extendido por el Sahel
En el patio de un fuerte de color arena con cuatro torres de vigilancia puntiagudas, M’Beirik Messoud mira por el cañón pulido de su kaláshnikov. Messoud, que es brigadier del ejército mauritano, tiene que pasar los próximos días patrullando el desierto en la frontera con Malí, donde se ocultan los yihadistas. La zona fronteriza que recorre con su equipo es tan inhóspita que ni los todoterrenos más resistentes llegar hasta allí. Por eso, Messoud y sus hombres no atraviesan las llanuras arenosas en un 4x4, sino a lomos de camello.
Pertenecen a los meharistas, una brigada especial del ejército de Mauritania, en África Occidental, cuyos hombres montan a camello. Tienen su campamento en la ciudad de Achemime, al este del país. Aquí termina la carretera y empieza el desierto, junto a las murallas del fuerte.
Para los pastores nómadas que deambulan por esta zona, los meharistas y sus animales son una imagen familiar. Messoud y sus hombres son soldados, médicos, policías, agentes de los servicios de inteligencia y asesores, todo en uno.








