En la década de 1970, un grupo de musulmanes moderados se estableció en un terreno verde situado en el corazón del desierto mauritano. Su forma de vida, que trata igual a los hombres y las mujeres, recibe cada vez más críticas de otros compatriotas

Una carretera de un kilómetro de largo atraviesa el semidesierto de Mauritania hasta llegar a una cresta rocosa. No hay casas ni plantas; en la aridez de estas tierras desérticas no sobrevive prácticamente nada. Pero quienes se atreven a recorrer la larga ruta a través de un paisaje lunar disfrutan de una vista extraordinaria: al final del trayecto, entre las dunas de arena del desierto del Sáhara y las montañas, se ve un oasis de color verde reluciente, salpicado de casitas y campos llenos de palmeras datileras. Es Maaden el Ervane, que significa “el tesoro del conocimiento” en el dialecto árabe local.

La aldea, ubicada a más de 370 kilómetros de Nuakchot, la capital mauritana, fue fundada en 1975 por Mohammed Lemine Sidina, un líder comunitario de la corriente musulmana del sufismo, una forma moderada de islam que en muchos casos incorpora tradiciones animistas africanas.

En este fértil oasis, Sidina construyó una colonia agraria en la que hombres y mujeres son iguales. Hoy, Maaden alberga a 300 familias, una cifra que crece cada año. Sin embargo, la igualdad y el sentimiento comunitario de la aldea sufren presiones: sus detractores dicen que los habitantes no son verdaderos musulmanes.