Aquel hombre era uno de esos tipos divorciados que se muestran liberales y doctrinarios a la vez el día que les toca ejercer de padres

Este hombre acaba de recoger del colegio a sus hijos —una niña de unos 13 años y un niño de unos 11— y se los ha traído a merendar a la terraza cubierta donde yo me tomo el café de media tarde. Es uno de esos tipos divorciados que se muestran liberales y doctrinarios a la vez el día que les toca ejercer de padres. Les dice a los críos que pidan lo que quieran, pero les avisa del peligro de la bollería industrial. Los vástagos piden finalmente una tostada con mantequilla y mermelada y un refresco....

—Con los refrescos —les advierte—, llevad cuidado: todos tienen azúcar.

Los hermanos intercambian entre sí una mirada cargada de sentido, pero no dicen nada. Después de que el camarero les sirva el pedido, el adulto se aclara la garganta, síntoma de que se dispone a decir algo importante para la educación de las criaturas. Aguzo el oído por si pudiera aprovecharme yo también de las enseñanzas de este sujeto tan bien constituido.

—A ver —comienza—, ¿os limpiáis el ombligo al ducharos?