El objetivo de una cámara es ideal para apreciar la evolución de una flor, saber cómo avanza o retrocede una enfermedad y saciar la sed de conocimiento de los más curiosos
Miles de miles, miles de millones, billones. Fotos y más fotos se agolpan en las memorias de los móviles, de los ordenadores, de las tabletas. Gigas y gigas de información visual, a las que se les añade los metadatos de la localización, del tipo de cámara, del obturador y de la velocidad de disparo de la lente. Y en muchas de estas imágenes las grandes protagonistas son las plantas, sobre todo si la persona propietaria del aparato fotográfico es amante del mundo botánico que le rodea....
La fotografía siempre ha sido una herramienta de lo más útil a efectos educativos, ya que con ella se registran detalles que en numerosas ocasiones pasan desapercibidos al ojo humano. En el ámbito jardinero, un objetivo macro que permita aumentar lo minúsculo depara un placer infinito que sacia la sed de conocimiento de los más curiosos. Bajo una lente poderosa, el pelo urticante de una ortiga (Urtica dioica) se transforma en una espada tallada en el cristal del cuarzo más puro, y la punta hialina de ese dardo asusta hasta al más valiente. Asimismo, la superficie de una hoja o los intrincados órganos sexuales de una flor cualquiera pasan al terreno de lo surrealista, de la invención prodigiosa de la naturaleza para crear lo indecible y lo impensable. De esta forma, el jardín se multiplica en belleza, con el regalo visual de lo diminuto.






