El consumo precoz de estos contenidos fomenta conductas violentas y machistas, provoca disfunciones sexuales y aleja la afectividad de sus relaciones

No hay besos ni abrazos ni caricias. Tampoco hay afecto ni comunicación, pero sí violencia, inseguridad, baja autoestima y falsas creencias. Así son muchas de las relaciones entre adolescentes: vacías e insatisfactorias. Es, denuncian de forma unánime las expertas, una de las múltiples y devastadoras consecuencias del consumo masivo y precoz de pornografía entre los más jóvenes....

El problema es tan evidente que el Ministerio de Igualdad ha lanzado una campaña para reivindicar una educación sexual positiva e igualitaria frente a los patrones violentos y machistas que difunde de forma mayoritaria el porno. Según los datos que maneja este departamento, nueve de cada diez adolescentes lo consumen de manera habitual; y la mayoría de ellos entra en contacto por primera vez con este tipo de vídeos a los ocho años.

“La pornografía va a los niños, no los niños a la pornografía”, advierten la ginecóloga Miriam Al Adib y la profesora y sexóloga Diana Al Azem, coautoras de Cuando la cigüeña empezó a ver porno (Alienta Editorial, 2025), una guía en la que denuncian que los primeros encuentros con estos contenidos “se producen mayoritariamente de manera accidental”, a través de videojuegos, redes sociales o pop-ups con titulares confusos, como “clica aquí para ver lo que pasa entre Doraemon y Nobita”. Es la llamada Regla 34, que sugiere que cualquier cosa imaginable, desde personajes de dibujos animados hasta conceptos abstractos o personajes históricos, tiene una versión sexualizada en internet.