Los ultras pueden prometer orden, pero tienden a generar caos cuando gobiernan. Cuando el crítico del establishment se vuelve ‘establishment’, su narrativa se desmorona

Aunque en las elecciones holandesas ha habido un empate entre el partido social-liberal D66 y el ultraderechista PVV de

title="https://elpais.com/internacional/2025-10-27/el-ultra-wilders-encabeza-los-sondeos-en-paises-bajos-en-visperas-de-las-elecciones-del-miercoles.html" data-link-track-dtm="">Geert Wilders, este marco no puede neutralizar lo que constituye una derrota significativa de la extrema derecha: Wilders pierde un tercio de su representación parlamentaria y la primera posición. Presentar esto como un empate puede ser tan inexacto como describir una retirada militar como un “reposicionamiento estratégico”. La cita de Wilders en X lo confirma: “Los votantes han decidido. Esperábamos un resultado diferente, pero nos mantendremos fieles a nosotros mismos”. Esto revela algo crucial: incluso desde su perspectiva, hay una derrota que reconocer. Lo que hemos visto en Países Bajos es el agotamiento del populismo de ultraderecha cuando pasa de la oposición al Gobierno.

La ironía es reveladora: Wilders provocó estas elecciones anticipadas al abandonar la coalición gubernamental en junio precisamente porque no pudo imponer su agenda migratoria, su tema estrella, su razón de ser política. El populismo ultra prospera como fuerza antisistema de oposición, pero se desgasta rápidamente cuando debe ejercer el poder y enfrentar las complejidades de gobernar. No es un fenómeno exclusivamente holandés: en Finlandia, el partido de Riikka Purra experimentó un desgaste similar tras su paso por el gobierno. La coalición con el PVV fue notoria por sus luchas internas constantes, demostrando que la extrema derecha puede prometer orden, pero tiende a generar caos cuando gobierna. Cuando el outsider se convierte en insider, cuando el crítico del establishment se vuelve establishment, su narrativa se desmorona.