El autor, que trabaja en el Museo del Prado, presenta su tercera novela, ‘Ecos en la nieve’, fraguada entre turistas y obras de arte

Mientras los turistas y amantes del arte transitan las salas del Museo del Prado con los ojos revoloteando entre suntuosas pinturas barrocas e insólitos frescos medievales, admirando los cuerpos esbeltos de las esculturas neoclásicas o justipreciando las vasijas y cálices que conforman los tesoros de antiguos monarcas, la mirada omnipresente de Mohamed el Morabet (Alhucemas, 42 años) los escruta a ellos, a los visitantes. Apostado en la pinacoteca en turnos de mañana o tarde, el vigilante va rotando entre salas al unísono con el resto de sus decenas de compañeros, expuesto a cada paso a una nueva maravilla cambiante.

Atento a los flashes que se desbandan, las manos que se alargan y las voces que se alzan, El Morabet aprovecha el espacio mental que le concede su trabajo —a pesar de todo, silencioso— para llenarse la cabeza y “dar forma” a ideas que, por oleadas, traslada al papel instalado en su casa, casi siempre “muy temprano por la mañana” antes de calzarse el uniforme, “porque por la noche llego muy cansado”. De esa labor paralela a su trabajo con nómina nace Ecos en la nieve (Galaxia Gutenberg), la tercera novela de una carrera cada vez más asentada como escritor, donde narra con voz poética la historia desgarradora de un día en la vida de una mujer embarazada que se refugia en una cabaña perdida en medio de una naturaleza inhóspita.