El ciudadano se ve sometido a una continua coacción: si no nos votas vendrá el fascismo; o bien, si no nos votas proseguirán la corrupción y la disolución de España

Las democracias se mueven hoy entre el miedo y la intransigencia, cuando no el odio, hacia sus adversarios políticos. Y bajo condiciones de gobernabilidad precaria. La situación de la política española encaja bien en este esquema: un Gobierno de gobernabilidad limitada por la cantidad de piezas que ha de encajar cada vez que pretende llevar una ley al Congreso, por no hablar de

nion/2025-09-28/y-si-no-se-aprueba-un-presupuesto.html" data-link-track-dtm="">su imposibilidad de armar un presupuesto, y el vértigo o el miedo ante el acceso de la alternativa posible. Esto último es su mayor elemento cohesionador; solo puede mantenerse vivo en la medida en que funciona la satanización del adversario. Lo hemos dicho muchas veces, se trata de hacerlo inelegible, no de presentarse como mejor y más capaz que aquel.

Lo curioso es que desde la otra orilla funciona el mismo esquema: “Gobierno corrupto”, Frankenstein, la anti-España. El ciudadano se ve sometido, así, a un claro chantaje: si no nos votas vendrá el fascismo (o algo similar), o, si no nos votas, proseguirán la corrupción y la disolución de España. La lucha entre el bien y el mal como potencial campo de batalla electoral, en vez de ese más apacible presupuesto democrático de limitarse a elegir entre alternativas ideológicas ponderando nuestros intereses respectivos. El ideal es que no exista más opción viable que la propia.