Estados Unidos está expulsando de forma sistemática al sur de la frontera a migrantes que la isla se niega a recibir. Hay pocas certezas sobre el número de deportados y también sobre su estatus en México
Tres días llevaba Laudel Camacho Ricardo durmiendo en las calles de Tapachula, en el sur de México, cuando se decidió a vender su cadena de oro y un reloj por 20 dólares (poco más de 350 pesos mexicanos), una ganga. Un precio en que nunca los hubiese dado a no ser por el hambre, que le apretaba el estómago y ya comenzaba a arder. “Han sido días muy duros, a veces prefería morir”, confiesa. “Verme en un país ajeno, sin conocer a nadie, sin recursos y con hambre, significó un dolor tan grande que lo recordaré de por vida”. Ya no era el emigrante cubano, trabajador de un almacén de Texas, que hacía tan poco había sido. En una semana pasó a ser el deportado en Chiapas, sin dinero, teléfono o documentos de identificación, tal como lo dejaron los oficiales del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE) del otro lado de la frontera.
Tiene 55 años, el pelo entrecano y lleva tatuado en el centro del pecho la imagen de la Estatua de la Libertad, una silueta hecha a base de la tinta azulverdosa e inconfundible de la cárcel. Fueron 22 años en total los que pasó encerrado en los calabozos cubanos por su activismo político, por su trabajo como periodista independiente y por sus reclamos al castrismo. Sus tatuajes han sido lo único de lo que no han podido despojarlo: ni el Gobierno cubano cada vez que lo encerraba, ni el gobierno estadounidense cuando el 16 de septiembre de 2025 le notificó una cita con inmigración y lo dejó en uno de los centros de detención que hoy son las catacumbas de su política migratoria.






