Las nuevas sanciones de EE UU contra las petroleras rusas acercan la tregua a Ucrania
La política debería ser la búsqueda de la normalidad, pero la política posmoderna es un manojo de nervios, una historia de aceleración, de vértigo, de violencia, un estado de excepción permanente en el que reinan un puñado de autócratas, encabezados por Donald Trump, que se afirman en medio del caos
-era-de-la-tecnopolitica.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/eps/2025-07-06/la-era-de-la-tecnopolitica.html" data-link-track-dtm="">patrocinado por las plataformas tecnológicas. Los autócratas, además, son como los enanos del cuento de Monterroso: se reconocen en cuanto se ven. Vladímir Putin encarna una Rusia patriótica, cristiana, ortodoxa, marcial, carnívora, heterosexual y machista, y acusa a Europa de articular un proyecto decadente, posnacional, multicultural, vegetariano, pacifista, pro LGTBI y que acoge musulmanes. La historia de amor entre Trump y Putin, y la historia de desamor entre Trump y Bruselas, son fáciles de entender con esos argumentos en forma de bate de béisbol.
Estados Unidos y Rusia han vivido estos últimos meses en una agradable niebla de arreglos demasiado densa e interesante como para que se disperse sin más. Con la guerra como telón de fondo, la Casa Blanca se ha entendido estupendamente con el Kremlin. Pero el trumpismo es un vendaval, y de repente cambia de trayectoria. Trump tiene un nuevo juguete entre ceja y ceja: pretende ser el pacificador global, dice haber acabado ya con ocho guerras y quiere que la de Ucrania sea la novena para que en 2026 no se le escape el Nobel de la paz.






