El reciente tebeo de los galos irreductibles llega en un aséptico envoltorio de producción industrial
La nueva entrega de los galos irreductibles creados por René Goscinny y Albert Uderzo recupera ese particular subgénero dentro de la serie que llevaba a sus dos protagonistas a visitar diversos rincones del imperio romano. Siempre inspirado, el guionista de Astérix sabía jugar con esa particular visión de los estereotipos con los que son vistos los habitantes de otros países desde Francia para crear divertidas situaciones que dejaban de fondo una sátira mordaz de la propia grandeur francesa. Sin embargo, 60 años después, ni guionista ni dibujante siguen al frente hoy de las aventuras de los personajes, avivando un debate sobre la necesidad de mantener vivas las creaciones tras la desaparición de sus autores, que puede tener su sentido en tanto la reconversión en iconos populares hace que las obras sean propiedad también de sus lectores.
Los argumentos sociológicos son razonables, pero difícilmente resisten ante el más importante: la fuerza de los millones de ejemplares vendidos y el indudable empuje económico que producen, una auténtica poción mágica para el tebeo francobelga. Tras la continuación de personajes como Spirou, Lucky Luke o Los pitufos, dar el paso con Astérix y Obélix era lógico, pero era un reto en el que, a diferencia de otras opciones como las que siguió el botones popularizado por Franquin, se decidió seguir un camino más conservador.






