El estreno esta semana de Juliette en primavera, película francesa basada en un cómic de Camille Jourdy, y de la española La furgo, que lleva a la pantalla la novela gráfica homónima de Martín Tognola y Ramon Pardina, subraya la creciente ola de versiones en el cine con actores reales de los tebeos mal llamados para adultos (para intentar poner distancia con los de superhéroes). Un fenómeno con precursoras como Ghost World (2001) o American Splendor (2003) y en España Estigmas (2009), y que ahora alimenta sin cesar un cine necesitado de temas distintos.

Como apunta la crítica de cine y de cómic Elisa McCausland, “sobre todo tras la pandemia, el audiovisual ha acelerado sus modos de producción y consumo y, ante la demanda de proyectos, el cómic y la novela gráfica se han revelado como semillero creativo, una oportunidad que también han visto autores de cómic para saltar a un medio mejor pagado que el editorial”.

Puede que no esté siempre mejor pagado, pero es cierto que el rodaje con actores acelera mucho más la producción, en detrimento de las versiones animadas, más caras, de creación más pausada... y que además pueden esconder a mucho público que el guion está adaptando un cómic: aún quedan espectadores renuentes a ver animación, aunque sea con personajes y temas completamente alejados de los encapuchados con capa. Esa rebaja económica, y la posibilidad de que llegara a una gran audiencia el cómic más underground, alentó el impulso inicial de cambio de siglo con Ghost World, de Terry Zwigoff adaptando una obra de Daniel Clowes (repetirían como pareja artística en 2006 con El arte de estrangular); American Splendor, de Shari Springer Berman y Robert Pulcini, que ahondaban en la vida y obra del guionista Harvey Pekar, y Oldboy (2003), con el coreano Park Chan-wook adaptando el manga del japonés Garon Tsuchiya. “Luego”, como subraya McCausland, “comenzó el ciclo superheroico que llega hasta nuestros días”. Y aquella explosión se vio atenuada.