La oferta de estos productos se ha disparado a pesar de ser complejos y de que el dinero no se puede recuperar a discreción

La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) mira con lupa la popularización de fondos de capital riesgo —o capital privado— entre pequeños inversores. El supervisor de los mercados financieros teme que se distribuyan a personas que no son conscientes de los riesgos asociados a este tipo de productos. Especialmente, el riesgo de iliquidez, es decir, el no poder disponer del dinero cuando se necesita.

Los fondos de capital riesgo —conocidos en la jerga como private equity— estaban reservados hasta hace poco a inversores profesionales: bancos, planes de pensiones y oficinas de asesoramiento de ricos. Se trata de vehículos de inversión que, en lugar de comprar acciones cotizadas o bonos, adquieren participaciones en compañías que no están en Bolsa (ya sean startups o firmas más grandes), en infraestructuras (parques eólicos o fotovoltaicos), explotaciones agrícolas, deuda privada... e incluso en alquiler de aeronaves. Al cabo de unos años, venden esa participación para sacar una plusvalía.

Al invertir el dinero en activos que no están en mercados abiertos (y no se pueden comprar y vender a voluntad), los fondos de capital privado exigen largos plazos de maduración. Los gestores del fondo tardan tiempo en encontrar oportunidades de inversión, que luego deben dejar reposar para, al final, venderlas. Lo habitual es que la inversión no se empiece a recuperar hasta que no pasen cinco, siete u ocho años. Tampoco hay un cálculo diario y transparente de cuánto valen los activos que el fondo tiene en cartera. A cambio, los rendimientos que generan estos fondos suelen ser mayores que la inversión en Bolsa. Quien entra en este tipo de productos tiene que ser consciente de que sacrifica la disponibilidad del dinero a cambio de un mayor retorno. Es la llamada prima de iliquidez.