Los azulgrana solo pudieron resolver un partido con muy poco juego y muchos goles cuando dispusieron de superioridad numérica por la expulsión de Hezze ante un Olympiacos excesivamente vulnerable

A falta de fútbol, los goles sirven para ganar tiempo en el Barcelona y preparar mejor el próximo partido, que será el domingo en el Bernabéu. El refrán de obras son amores, y no buenas razones, se cumplió en Montjuïc. El juego del Barça no mejoró mucho ante el Olympiacos respecto al partido contra el Girona. La diferencia estuvo más en el adversario -muy inferiores los griegos- y también en el árbitro -mucho más condescendiente el suizo que Jesús Gil- que en la versión del equipo de Flick. La goleada cayó sin parar después que el plantel de Mendilibar se quedara con un futbolista menos por la expulsión de Hezze. Rashford culminó entonces con dos tantos la obra de Fermín.

La victoria fue tan sencilla como complicado resultó el juego hasta el 3-1 en un partido que no admitía bromas después de la derrota ante el PSG. No mejoraron mucho las sensaciones en la Champions respecto a la Liga. El Barça se ha vuelto un equipo flácido, desconfiado consigo mismo, como si hubiera perdido la memoria y estuviera desentonado y destensado, poco que ver con el que ganó la Liga y la Copa. Habrá que mirar a la enfermería para reforzar el ánimo antes de viajar a Madrid