Surf, espiritualidad y un lujo más consciente redefinen esta esquina de la isla indonesia que resiste todavía al bullicio de otras zonas. En los últimos años, además de los viajeros, cadenas hoteleras la han elegido para sus exclusivos ‘resorts’, que conviven con proyectos más personales pensados para vivir a otro ritmo
Durante años, el pueblo costero de Canggu fue el símbolo de una libertad algo desordenada. Un lugar donde el día empezaba con una sesión de surf y seguía con pantallas conectadas al wifi de un café, entre frutas frescas, cocos y mangos. El famoso shortcut (un sendero entre arrozales lleno de baches y encanto) unía mundos: la tabla, el trabajo, las tostadas de aguacate y el vaivén de quien no quería elegir
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get="_self" rel="" title="https://elpais.com/elviajero/2019/05/23/actualidad/1558611270_569634.html" data-link-track-dtm=""> entre quedarse en Bali o seguir viajando. Antes era una estrecha carretera de tierra que utilizaban los campesinos para conectar los arrozales con el resto del pueblo, por la que apenas podían pasar dos motos. Ahora se ha transformado en un embudo de coches, motos y ruido.
Hacía ocho años que no regresaba a Bali y, en ese tiempo, muchas cosas han cambiado. El tráfico se ha vuelto denso como en otras ciudades del sudeste asiático. Las playas se han llenado de beach clubs, tiendas y motos. Lo que antes era un refugio desenfadado para nómadas digitales y surfistas se ha convertido en un polo turístico empujado por el boom de las redes sociales y la apertura de nuevos negocios. Y con el colapso, como suele suceder en los lugares que se vuelven demasiado de moda, llegó el éxodo. Ese éxodo tiene nombre y dirección: Uluwatu, al sur de la isla indonesia.






