Millones de personas viven congestión nasal, fatiga y pérdida del olfato por culpa de una enfermedad que la investigación ha ignorado durante mucho tiempo, y que suele confundirse con un resfriado o alergia pasajera
Vanessa Limogne estuvo casi tres décadas sin respirar con libertad. No es una metáfora, literalmente el aire le faltaba. Nacida en Barcelona hace 48 años, recuerda cómo solía despertarse a medianoche con la nariz tapada y el pecho apretado.
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d-de-los-corticoides-contra-la-covid-y-descarta-la-de-los-antivirales.html" data-link-track-dtm="">Los corticoides orales e inyectables han sido sus compañeros desde los veinte años. Y, durante mucho tiempo, se convirtieron en el único camino para calmar esa inflamación tan severa en sus vías respiratorias que le provocaba infecciones en los oídos y le obligaba a vivir como si estuviera siempre resfriada. “La cortisona era mi única amiga”, reconoce esta experta en marketing y eventos deportivos.
Una vez que el medicamento entraba en su organismo, combatía la inflamación y las mucosidades. Pero cuatro días después volvía a encontrarse igual. Limogne llegó a padecer hasta 25 otitis en un año, y en más de una ocasión se enfrentó a reuniones laborales con la voz rasposa y un pañuelo en mano. Diagnósticos incompletos, tratamientos paliativos y una sensación de invisibilidad. “Un día, por suerte, mi otorrino habitual estaba de vacaciones y me atendió otro especialista. Al verme, se sorprendió”, cuenta.







