La vida de Mamerto Moreno se torció una tarde cualquiera de diciembre de 2021. Él llevaba trabajando casi dos décadas como auxiliar de enfermería en un centro psiquiátrico de Cataluña. Debía dar de comer a los pacientes, levantarlos y vestirlos. No sabe con certeza cómo, pero el coronavirus se alojó en su cuerpo. No era la primera vez que se contagiaba, pero en aquella ocasión sintió algo diferente. El virus avanzó sin pausa y se extendió implacable por su organismo.
“Caímos todos”, cuenta por teléfono desde su hogar en L’Aleixar (Tarragona); y añade: “Mi marido también lo contrajo, pero lo suyo fue leve: una fiebre ligera, un cansancio pasajero y nada más”. Habla con la voz gastada, como si cada palabra fuera apenas un hilo de aire que exhalan sus pulmones. En Moreno, en cambio, el destino tenía otros planes. Nunca volvió al trabajo. A los 42 años, utiliza una silla de ruedas eléctrica para desplazarse, cobra una pensión contributiva y toma más de veinte medicamentos por día. Anticoagulantes, corticoides, pero también antidepresivos. Los domingos prepara un pastillero, pero hay momentos en que no logra recordar con claridad. A veces se olvida. Entonces su marido le asiste con las dosis de cada píldora.






